La vida te enseña un día y otro también

004No puedes decirle mi querida vida, deja de darme lecciones durante una semana o dos porque estoy agotada. No hagas cambios en mi entorno y que todo siga bien, pero sin mi presencia.
¡Qué todos los seres admitan mi silencio y mi desaparición imprevista y temporal porque sencillamente necesito sosiego, calma, soledad!
Algunos seres somos tan sensibles a lo que detectamos en los demás como a lo que sentimos nosotros mismos, a veces, incluso anteponemos los sentimientos ajenos y sus emociones a los nuestros porque siempre vemos más allá de sus palabras. Cuidamos de manera innata y natural, no porque queramos ser buenos, no porque esperemos algo a cambio no porque nos guste generar dependencia, sino porque no sabemos comportarnos de otro modo.
Yo diría que somos un poco torpes, porque nos creemos que todo el mundo tiene nuestras mismas capacidades y nuestros mismos límites. Nada más lejos de la realidad. Cuando nos topamos una y otra vez, con la diversidad de comprensión nos ponemos tristes, nos sentimos incomprendidos y huimos a nuestra guarida.
Algunos al menos hemos aprendido, que necesitamos la soledad como una medicina, sabemos que la presencia de cualquier ser puede dolernos incluso es algo extraño. Sabemos querer, podemos amar, tenemos un enorme sentido de la responsabilidad y nos sentimos en la obligación de contenernos para dejar que el otro, vaya a su propio ritmo, al menos, eso creemos.
La cuestión es cuando toca nuestra retirada siempre le viene mal a alguien, y los demás nos piden entonces más contención, menos rebotes, más calma, más respeto por sus opiniones, más comprensión, más….Entonces yo me hundo en el más profundo de los silencios, no porque no sepa contestar o porque no quiera esforzarme una vez más, sino porque sencillamente no me quedan fuerzas. Ya no doy más de sí, sé a ciencia cierta que no me queda ni un ápice de energía que daros, ya os la dí, a veces, sin que os dieráis cuenta simplemente manejando lo que yo sentía ante lo que os ocurría.
Y aún cuando ya sólo soy un ser agotado tratando de mantener su propia luz, me llegan reclamos, me fallan apoyos, y me piden palabras. No las tengo, en cierta forma, ninguno estuvisteis a la altura, como de costumbre y yo ya debía haber aprendido.
Desde otro punto de vista, todo es maravilloso porque nos hemos rodeado de humanidad, nos han querido, han tratado de entendernos, nos han dado su tiempo, su confianza, su cariño, su amistad,…
¿Cómo vamos a romper ahora lazos sin herir aunque sea de forma temporal?
¿Cómo no vamos a ser decepcionantes si hemos mostrado nuestra humanidad?
¿Cómo hacemos para seguir siendo personas educadas y afectuosas si solo nos apetece escondernos?.

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A veces, necesitamos el esfuerzo y la dificultad en nuestra vida.

Me he encontrado, en casa, un texto fotocopiado. Desconozco su autor pero el contenido me parece tan acertado y cercano a mi estado de ánimo que voy a dejaróslo aquí. Como de costumbre, permitidme la licencia de hacer alguna modificación.

Atardecer ventoso en Sanlucar de Bda.

Yo pedí fuerza y Dios me dió dificultades para hacerme fuerte.
Yo pedí sabiduría y Dios me dió problemas por resolver.
Yo pedí prosperidad y Dios me dió inteligencia y músculos para trabajar.
Yo pedí coraje y Dios me envió obstáculos a superar.
Yo pedí amor y Dios puso personas con problemas en mi camino a quienes ayudar.
Pedí favores y Dios me proporcionó oportunidades.
¿No recibí nada de lo que pedí?… Recibí todo lo que necesitaba.

Si Dios nos permitiera pasar por nuestras vidas sin dificultades, seríamos débiles. Nunca podríamos valernos por nosotros mismos y de nada serviría el libre albedrío. Estaríamos sujetos a “Su voluntad” y la de aquellos a quienes le rogamos que nos ayuden para realizar tareas que podemos hacer por nosotros mismos.

Yo le he llamado Dios. Vosotros podéis llamarle Amor incondicional, Energía suprema, Alá, Buda, Destino, Futuro… como queráis, el nombre estará ajustado a vuestras creencias.